Por Alfredo Martínez R.
I
Iba por la vereda tropical, con sus huaraches comprados en Huautla, cuando fue a conocer a la Sabia de los Hongos, y una canción muy bitlera le retumbaba en la mente: todo lo que necesitas es amor o déjalo ser o el submarino amarillo o todas juntas en un mezcla que únicamente tenía sentido para él, y no le importaba que la gente que se cruzaba a su paso le lanzara miradas de curiosidad y de sorna e incluso alguna de desprecio: él vivía como quería, disfrutaba la vida según sus conceptos personales extraídos de sesudas lecturas a Herbert Marcuse, a maese Octavio Paz, a Albert Camus, Jean Paul Sartre y otro tanto de intelectuales que según él ilustraban a la perfección La Gran Mierda del vetusto siglo XX, y seguía su paso despreocupadamente: saboreaba la dulce incuria en la que a veces cae un aspirante a poeta, un perenne aspirante al carmen, el eterno vate que desconocía los ordenadores y las notebook y que bajo el brazo cargaba (como una parte más de su cuerpo) cincuenta, cien hojas ya amarillentas, carcomidas de los filos, en las que había plasmado su opus nigrum poetical, donde estaba casi toda su vida, lo esencial, lo nutricio: pura filosofía, pues, arrancada con sangre a la cotidianeidad, a fuerza de denigrar su espíritu y de socavar su cuerpo, el pinche cuerpo que no servía sino para perecer y en ocasiones, muy contadas, para proporcionarle un poco de gozo, como cuando conoció a Lucinda, la de las piernas velluditas, la pura neta de las musas y el plus ultra de la inspiración, a quien con un beso horadó como en un ritual erótico que recordaba la fundación de Sumeria o el rapto de Helena por Paris y por quien se desató la Guerra de Troya, a quien amó sin más, a quien le entregó su todo: su sensibilidad, su conocimiento de la cocina prehispánica, su gusto por Paul, John, George y Ringo, a quien le develó los misterios sagrados de la mota y con quien compartió una noche cosmogónica con María Sabina, precisamente en Huautla, la sierra mazateca, ahí donde John Gordon supiera que la mezcalina no es una droga para pendejos sino un pasaje a lo fundamental, la forma verdadera para estar entre los brazos de Dios, y así avanzaba por la vereda tropical, como arrullado por los niñitos sagrados, con la canción de imagina entre la comisura de los labios, con sueños que devenían en alucinación, pequeños infiernos sin embargo que no eran comparables con la pérdida de ella, su numen, su diosa en su transparente peplo y por quien desató batallas reales y contra molinos de viento, y era precisamente ahora, al caminar por la verde vereda tropical, con la brisa salobre pegándole en el rostro, que notaba con brillantez su ausencia, que era como un hueco, como un hoyo negro que todo se iba tragando insaciable, inefablemente y que al final sería el desencadenante de su personal Big Crush, la descomposición elemental, y se sintió como el Robinson de Michel Tournier, o en el absurdo existir de El Extranjero de Camus, y claro que nada tenía sentido ni lógica, sólo un azar preciso lo conducía, por eso se explicaba su presencia en Paraíso, ahí en Tabasco, él que odiaba el trópico y sus bochornos, el mar y los bohíos, él todo citadino que prefería mil veces pasear por la calzada México-Tacuba que por ese sendero de cocotales y mosquitos nosferatus desde donde se divisaba con claridad el mar abierto y su salvaje poderío, su natural capacidad de destrucción y su don intrínseco de la vida, para la vida, por la biovida, pero se dejaba ir, sus pasos eran conducentes y su pensamiento una veleta a la deriva en la inmensidad del Atlántico, aunque de ninguna manera hubiera deseado estar en la Ciudad de México dando un paseo por Bolívar y sus catedrales a Baco ni admirando el Barroco de la calle Madero ni saboreando un café en la terraza del Gran Hotel, desde donde dominaba, cuando asistía con Lucinda, el espacio ceremonial de la plancha del Zócalo, ahí desde donde aún emana memoria colectiva y ritos paganos, él más bien estaba si no feliz sí despreocupado de caminar por la verde vereda del trópico tabasqueño, yendo hacia ninguna parte, sin la necesidad de ser ni parecer, difuminándose, como un barco en algún filme de Fellini…
II
Lucinda cerró los ojos, aspiró profundamente y retuvo el humo de la yerba casi hasta la regurgitación. Luego habría dicho qué poca madre, ni se siente nada, sólo molestias en la garganta. Y Rafael sonrió. Pinche chavita, todavía no sabe lo que es la vida. En el aparato japonés sonaba Vangelis. Carajo, siempre Vangelis, ¿qué no sabes escuchar otra cosa, Rafael? Pero él no contestó, estaba concentrado en la música, se montaba en cada nota y cabalgaba por el viento; más lejos aún: por calzadas siderales, entre planetas obscuros y raudos cometas. Y creía comprender el discurso de Vangelis, lo que el músico declaraba en su odisea. Minuciosamente huroneaba en cavernas espaciales, muy a lo Kubrick. Vagamente, Lucinda escuchó la voz de Rafael que le decía: clávate, pon tu mente en la música y déjate ir. Pero la voz le llegó de muy lejos. Luego creyó que la música se hacía más nítida y que cada sonido le hablaba como en una conversación de persona a persona. Y le dio la mano a Rafael. Ahí se quedaron, hasta que sintieron frío, sed, amor…
III
Cántame una canción, una canción que hable del mar y las sirenas, una canción donde sea yo la heroína y tú el villano, así debe ser, y donde se escuchen violines y flautas y sienta sobre el rostro el golpe del viento, donde tu voz se desmorone poco a poco, hasta desparecer, y sólo quede un ulular, apenas un quejido, suave, casi inaudible, un punto sonoro donde pueda concentrar todo lo que somos, lo que nos pertenece y lo que se nos niega, un punto que sea entrada y salida, escape y encuentro, ahí donde podamos rematar el amor con orgasmos múltiples e interminables, así cántame, así debe ser, y yo te escucharé con devoción de pecadora, con la atención de niña que aprende sus primeras letras, y en cada tonada tuya abriré los brazos al cielo, surcaré los océanos, remontaré en vuelos las montañas, siempre en busca de ti, de lo que somos y que no acertamos a descifrar, porque una canción así necesariamente debe interpretarnos, revelarnos, descubrirnos a nosotros mismos, con una claridad que nos transparente y nos invite a aceptar la realidad que somos, que nos implica, que nos complica y mezcla irremediablemente, minuciosamente, como cuando estamos desnudos y nos miramos simplemente y nos sentimos felices de pertenecernos, de ser el uno para el otro, instante siempre fugitivo, siempre transitorio, porque nada perdura y todo se nos va de las manos, porque así es la vida, un eterno préstamo, una canción que se termina, pero una canción al fin, porque tuvo canto, porque existió quién la interpretara, por eso quiero que me cantes, que tu voz vaya diciendo lentamente nuestra historia, la tuya de marino sin puerto, la mía de sirena sin canto.
IV
Desde una ventana de Rectoría la viste llegar. Traía puesto su peplo veracruzano y te dio gusto que su caminar no denotara sobresaltos ni preocupaciones; más bien dejaba entrever una sutil armonía. En la amplia explanada, con las grandes escalinatas a todas luces prehispánicas, te la imaginaste como una princesa meshica. ¡Puta madre, qué loco, mi princesa tlatelolca y yo muy guerrero jaguar! Había reunión, habría reunión, y ahí estarían todos: Eleazar Guevara, Tony Ornelas, Lulú Menchaca, Miguel Espíndola y Lola Hernández. Puta, qué güeva. Otra vez lo mismo: Kant, Heidegger, Spinoza, Marx, Lenin, un mundo… Si de menos aderezáramos con Genet y Nina Simona... Pero le consolaba la idea de ver a Lucinda, después un café, luego el departamento de ella, algo de música, nada especial, quizá Elis Regina, o bien una lectura a dúo de Yannis Ritzos, ahí “en el rincón, donde te desnudaste/ una noche”. De modo que se apresuró para alcanzar a Lucinda. Hola, amor, ¿todo bien? Sí, qué bueno; yo aquí, encerrado en mi torre, inventando que invento, ya sabes, boletines para la prensa. Muy loco. Cogió a Luncinda del brazo y se encaminaron a Ciencias Políticas, al archimanoseado auditorio Che Guevara, de tu querida presencia, comandante. Y ahí estaban todos, ya listos para iniciar la discusión. Pero fue Eleazar el que propuso que no hubiera sesión. Mejor vamos a cotorrear por ahí, no sé, pero ni bares ni lugares acá, cultos ¿no?, digo, algo así como un escape, un reventón muy de chavos, que se vaya a la chingada Gramci y Agnes Heller, bueno, lo que quiero decir es que dejemos el caminito, la rutina, y vámonos por ahí, sin más…
IV
Manejabas por la vieja carretera México-Puebla. El Súper Bee se desplazaba con dificultad por las cerradas curvas, pero tú te creías el chinguetas, el puedelastodo, valiéndote madre, y cantabas tu canción amarra un listón al viejo roble, manejando el volante con la mano izquierda, mientras la derecha exploraba las piernas velluditas de Lucinda. Qué feliz eras, tus carcajadas inundaban el habitáculo y no dejabas de beber de la cerveza Indio, que me cai que es una chela bien neta, cualquier alemana se la pela, te lo juro. Lucinda te seguía el juego, pero en su fuero interno tenía miedo. Quizá por ello también bebía grandes sorbos de la Indio, y quería gritar como tú, ser feliz como tú, morir como tú.
¿Cuántas veces recorriste la vieja carretera? Siempre que tu auto tomaba las imposibles curvas, te decías, nos decías, que te recordaba champs elyses, donde nunca habías estado, y te maravillaba la variedad de pinos, el olor de yerba, el juego de contraluces que la luz solar provocaba al filtrarse por entre las copas de los árboles. Ahhh, era maravilloso, aunque siempre fugaz. Tu meta siempre era la misma: Río Frío, y luego el retorno a la pesadez de las arterias civiles. Pero siempre habría un periplo sin retorno. Siempre habría un más allá que te impediría volver. Acaso ya tenías tu plan perfecto.
¿Lucinda también tendría su plan irrevocable y minucioso? Sólo así se explicaba su repentina locura, su súbita desaparición intelectual.
Yo los miraba a los dos. Qué contagio de risas falsas y felicidad putativa. Y hubiera querido decir a los dos que los amaba, que eran la familia elegida, la que por voto unánime tomó el poder en mi corazón. Pero fuere porque nunca fui bueno para expresar mis sentimientos; fuera por una idea egoísta y reprimida, siempre callé, siempre, hasta el día fatal.
V
Diluvidea una lluvia sacramental y Benny Goodmann se cae a pedazos. Brenda Lee también se hace agua, gotas pesadas, gotas finas, confusión líquida, ahorcamiento bajo un monzón.
Son las tres de la madrugada o la dos de la pedez, da lo mismo, y yo sigo aquí, muy pendejo escuchando el aparato japonés theater room. Me preparo mi tabaco de mota con coca, un nevadito, pues, y pienso en ti.
Qué carajos habría pasado por mi mente para dejarte ir
Bajo la lluvia de la Ciudad de México
En la tremenda soledad
De un congestionamiento en periférico
Y amándote más que siempre
Qué chingados sucedió con nosotros, Lucinda, cuando más fuerte se hacía el amor y cuando habíamos encontrado el Tao. Me cai que ni los escarabajos, la neta que ni el Krisna.
Lucinda diosa/bruja/sabia/putita mía
Vamos a empedarnos, mi amor, a mitad de la laguna
Navego las calles románicas y me sorprende una Condesa llena de sitios para putos. Ya ni lugares decentes donde pueda uno embriagarse y ponerse hasta la madre y olvidarse de todo y de nada. Mis pasos me encaminan al México Antiguo, busco la Taberna del Greco, haber si escucho Los Millones de Arlequín, y pronto descubro que ya no vivo donde he nacido, que me amputaron la memoria de un tajo. ¡Maldito 1985!
Te busco en callejones civiles y en congales puritanos, en algún recoveco de Bellas Artes, en un salón artesanal de Minería… Te busco para perderte, para olvidarte. Para despreciar nuestra malograda existencia, Lucinda pura, agua, beso de medianoche, tierra de Campeche, cascanuez de madera, antropóloga del sexo, mística de la comida tabasqueña, animal aéreo, nací de tu costado pero ya no puedo lavar mi cara sucia con tus manos, tú virgen del Caribe, inspiración de bardos malditos, goliarda de mi fe, mi libro predilecto, mi canción añorada/
Te busco con el deseo
De cualquier Tennessee Williams
Lucinda Monroe
Cristal de todo desastre
En la Ciudad de México/
Lucinda revelación, teóloga, proterva, amantísima de Gide y de Motzar, yo te busco, te busco en los amaneceres con lluvia, en las noches de interminables persecuciones, en los días de insufrible ausencia. Lucinda diosa/mujer/chamaquita/costilla mía, exijo que te canonicen y seas conducida a la diestra de Dios, Lucía de todos los santos, santa, mártir, patrona de los perseguidos, culpable de mi muerte, artífice de mi marginalidad.
VI
Te refugiaste en el cine Sheba sólo por el aire acondicionado, ni siquiera te importó la exhibición de Fanny y Alexander o acaso el cansancio te negó siquiera ver de qué se trataba. Era realmente acogedor sentir el ambiente fresco y poder descansar como no lo habías hecho durante mucho mucho tiempo. Pero Bergman se vengaría oníricamente. ¿Cuántas veces odiaste a Lucinda porque iba a las salas a dormir? Realmente era una falta de respecto, tanto para el arte como para uno mismo. No se puede mercadear en el templo sin ser castigado, decías, y tarde o temprano un karma omnipotente y omnipresente alcanzaría a los infieles. Pero dormías; soñabas una caminata por un sendero de pinos ayacahuites en las faldas del Nevado de Toluca, nada deseabas con mayor fuerza que llegar a la cima, pero tus pasos, cada vez, te impedían avanzar; los pies no respondían a las órdenes del cerebro o eran demasiado pesados para moverlos. De pronto el sendero se convertía en un desierto blanquísimo en cuya superficie el sol rebotaba inclemente y cegador. Y en una de esas ráfagas de luz inverosímil pasó la figura de una ninfa nabokoviana, aparición que en un principio te pareció lejana e imposible, aunque luego reconociste en ella a María Luisa Delfín o a Julia Teresa Vidal o a Lucinda Piernas Velluditas, o una criatura que combinaba a todas estas mujeres. De súbito ya estabas inmerso en la laguna de La Luna y te estremecías de terror al ver tu propio cadáver tumefacto y azul flotando en las aguas minerales. En el cielo, blancas aves trazaban curvas euclidianas y te dio por recordar a Johannes Kepler y su geometría divina. Luego escuchaste una voz que te ordenaba “levántate y anda˝, pero no supiste que dicho mandato se refería a ti, de modo que seguiste muerto, más muerto aún que Lázaro, aunque tus ojos fueran capaces de mirar y descubrir grandes extensiones ahora verdes, amieladas, oscuras, pantanos que te hablaban de tu propia corrupción. Estabas muerto… Sólo la celestial voz del cuidador del Sheba fue capaz de traerte de nuevo a este mundo. ¡Carajo, pinche Ingmar Bergman!
Afuera soplaba la brisa húmeda del Grijalva. Ahh, supiraste, inspiraste, exhalaste. Te encaminaste por la calle Constitución, o el boulevard, como le llamaban los lugareños, para llegar a la casa de huéspedes Teresita. En la esquina el salón de billar llamó tu atención, pero saberte solo inmediatamente dio al traste con la idea.
Dormir, soñar, no más… Pero haría falta una buena dosis de bacacho para atraer a Morfeo, o de perdida una botella de licor de cacao, y un buen cigarro de yerba. Juaauuujua. Pero aquí dónde, si no conozco a ningún olmeca que me aliviane. Ah el mar, el mar, dentro de mí lo siento, ya de tanto pensar en él, tiene un sabor de sal mi pensamiento. ¡Órale, maese Gorostiza, me cai que andabas súper tizo en tu muerte sinfín, y yo acá, sin nadie, sin nada, ni un pitillo de elemental mostaza, de humilde juana, de terreneal mariguana.
Conseguiste una botella de aguardiente de caña y le propinaste un sorbo largo, aletargante, asfixiante. Luego otros más, hasta que caíste por el túnel del sopor, por el pozo de la embriaguez, y llegaste el fondo de ti mismo, a cohabitar con tus arquetipos y demonios, en un sueño que hubiera envidiado Freud: en tu recámara desnuda yacías acuclillado, sin ropa, la luz se filtraba por la ventana y rebotaba en el closet de caoba, dándote en el rostro descompuesto, mientras con las manos sostenías una jaula de carrizo sobre tu ombligo. Luego la escena cambió súbitamente pero ya no eras tú, sino alguien que fingía ser tú o parecido a ti, caminando por el alcázar del Castillo de Chapultepec, acompañado de un cerdo blanco cruzado por una banda negra a la altura del pecho. Iban como dos amigos, conversando, pero tú no entendías nada y el cerdo se reía malignamente de ti. Volteaste a verlo directamente a los ojos, concentrado, odiándolo, y te perdiste en esa mirada, hasta reencontrarte en un desierto de sal, nuevamente desnudo, caminando pesadamente, con pies, manos y labios llagados, blanquecinos, amoratados… Mas no supiste ya nada. Te despertó la sed, una sed de siglos, una sed de agua y de ti mismo. Afuera, el trópico danzaba. El Grijalva navegaba sus lirios y pejelagartos.
VII
La ciudad te seguirá a donde vayas, dijo el griego, y sigo a pie juntillas la regla, y como he desperdiciado mi vida en la Ciudad de México, la he echado a perder en cualquier otra ciudad del planeta, no hay de otra, sería yo muy pendejo si pensara otra posibilidad, como que de pronto alienígenas me abducieran con fines experimentales y a cambio me ofrecieran una vida nueva, un don cabroncísimo, como ser súper inteligente o mega millonario o chingonamente guapérrimo o todo junto, súper potente, plenipotenciario, e iniciar de nuevo. ¡Juauuujua, qué poca madre!
VIII
Vamos a empedarnos
mi amor
a mitad de la laguna
a morir con la cara al sol
en este viernes santo
Palenque ha despertado verdísimo y el rey Pakal ha de pasear ceremoniosamente por su ciudad. Desde las escalinatas del observatorio comprendo la palabra magnificencia, el vocablo grandeza. ¿Dónde estás, María Luisa Delfín?
IX
Desayunamos en el Majestic, en la terraza, como corresponde a dos nostálgicos del México Antiguo. Hubiéramos querido ver palmeras y pegasos en la plancha zocalina, y en derredor suyo los tranvías. No los de mulitas, por favor, pero sí los eléctricos. Nos parecía que de alguna forma ese México no se había ido, permanecía ahí, como en otra dimensión adyacente a la nuestra, superpuesta. Y sí, era sólo un juego que jugábamos mientras sorbíamos interminables tazas de café. Muchas veces Lucinda me invitaba a caminar, luego de los alimentos, por el tianguis que aún se levanta en el sitio, con tránsfugas hipies y citadinos indígenas. La de objetos que compraba: aretes con piedras de ojo de tigre, pulseras con cuarzos de todos colores y aptas para deshacer maleficios singulares, chales de algodón oaxaqueño, palos de lluvia, pitos de barro, máscaras ceremoniales y un interminable ufff… Me complacía el que fuera feliz. Lo único que nunca acepté, ni aceptaré: la presencia de los neonahuatlacos, neoaztecas, newpendejos, danzando ahí para aliviar su singular anatomía o para la reinstalación del Imperio Azteca, fuerte, dominador, cobrador de impuestos, sacrificador de doncellas. ¡Puta madre, qué pinche desperdicio! Pero ahí seguían, como el dinosaurio de Tito. Toleraba más a los jipis atemporales. Sus desplantes siempre me parecieron divertidos, como que en su fuero interno se creían sabedores del nombre verdadero de Dios, o chingonamente inteligentes y por lo tanto de una raza aparte, merecedores del maná. Algo así. ¿Cuántas veces Lucindad y yo peleamos por estos especímenes? Ella los consideraba los beat de México, y yo, no mames, Lucinda, me cai que te meas afuera del inodoro, digo, sí reconozco que son gente libre, que le vale madre el stablishment y lo que tú quieras, pero ningún pendejo de esos es Ginsberg, o el Sal o el Dean de On the Road, digo, agarra la onda maestrita. Y cuantas veces no perdiste el equilibrio y la razón y me mandaste mundialmente a chingar a mi madre, pero yo muy en mi planeta, con la autoridad que me daba mi gran cultura, no es cierto. Luego, ya pasado el vendaval dialéctico, regresábamos a la calma, a la cama, al salvaje sexo y, más tarde, a refugiarnos en algún filme del Gordo y el Flaco y en ocasiones, muy pocas, de Chaplín. Aunque nuestro verdadero icono era Tin Tan, el verdadero genio de la comedia del cine mexicano. Ni madres que Cantinflas.
Y desde la terraza del hotel tomábamos un aire como de turistas e íbamos descubriendo permanentemente cosas nuevas, como si nuestra capacidad de asombro se renovara paso a paso a cada nueva visita al lugar. Siempre desde las alturas, nos complacían las marchas (¿te acuerdas de la entrada de Cuauhtémoc Cárdenas en 1986 a la Gran Plaza?), los plantones permanentes, las ventas esporádicas de los productos del campo por inconformes campesinos, el andar de los caballos de la policía montada, las manifestaciones gays (en realidad de putos y tortillas, como decía Rafael) y, en fin, todo el teatro citadino cotidiano, el eterno retorno, el insultante e inmoral escenario repetitivo, infinito, los espejos borgeanos.
X
Julia Teresa Vidal, Julia Teresa Vidal, Julia Teresa Vidal, Julia Teresa Vidal, Julia Teresa Vidal… No sé cuántas veces repetiste su nombre esa noche, pero la oscuridad sólo podía ser vencida con el sustantivo amoroso, la palabra del abracadabra, la cábala del nombre, y lloraste como nunca, como siempre, y cada gota salobre del llanto llevaba una carga nemotécnica de intensa vida, y ahí parecía estar Julia contigo, a tu lado, también en un sollozo invencible, y uno y otro se confesaban las necesidades no saciadas, los secretos perdidos en un camposanto olvidado, Julia Teresa Vidal, Julia Teresa Vidal, y en la pronunciación, en la aliteración, querías reencontrar los momentos, esos instantes irrecuperables para el tacto aunque redivivos en la memoria, siempre convertidos en fascinaciones seniles, como las del viejo de Kavafis, que recuerda sentado en la banca de un parque los deseos que despertó pero que nunca satisfizo, y tú esa noche no eras menos, aunque tu mente enferma de literatura te invitaba a creerte Aquiles llorando la muerte de Patroclo, muerte que desató la ira que destruiría Troya, así querías tú destruir: las calles, los sitios de los encuentros, la ciudad que les dio cabida, matar a los amigos y a las familias, terminar con todo, desarraigar, y luego, con la absoluta certeza de haber llevado al cabo la obra de espada flamígera, degollarse, y en el acmé gritar postreramente Julia Teresa Vidal, Julia Teresa Vidal, Julia Teresa Vida.
XI
Amanecer triste se convirtió en una constante matemática en el diario existir de este goliardo sin fe.
XII
¿Te acuerdas de los papalotes? Julia, yo te seguía entonces, te perseguía por las calles del Centro Histórico. Y ahí iba yo tras de ti, primero por la calle de Argentina, rumbo al Zócalo, y luego por Perú, como quien se dirige hacia Garibaldi, pero torcías sobre Brasil, caminando por la acera de la iglesia de Santo Domingo porque no te gustaba pasar en la que daba a la Escuela de Medicina, el antiguo Palacio de la Santa Inquisición, ahí donde el bardo Manuel Acuña muriera por decisión propia al no conseguir los amores de Rosario de la Peña. Iba yo tras tus pasos, pero nunca me atreví a detener tu marcha para expresarte todo lo que sentía. Y a ti te gustaba ese juego. Sabías que iba yo a tus espaldas, que pretendía que voltearas y me dirigieras una mirada sólo. Pero cuando llegabas a la plaza donde la Corregidora tiene su fuente, te me escapabas entre los impresores y copistas y no te veía más, sino hasta el día siguiente. Por eso me desquitaba con tu hermanito Jacobo; por eso me vengaba con “arcángel”, tu gatita de callejón. Siempre así, Julia, hasta que te invité a treparnos a la azotea del mercado de La Lagunilla para elevar mi papalote. Qué felicidad más clara, qué dicha más honesta.
XIII
María Luisa Delfín, tu nombre me grabó en el pecho una cruz y un rosario. En el mar de Veracruz se quedó mi alma. Y en Ignacio de la Llave, mi paladar. ¡Cómo cocinaba tu santa madre!
XIV
María Luisa, hubiera querido contestar tu carta pero nunca lo hice. Si me preguntaras por qué, no sabría decirte el motivo. El caso es que pasó el tiempo y nunca más supe de ti. Los setenta corrieron aprisa y para los ochenta había cambiado lo suficiente como para no hurgar en la memoria. Los noventa ya fueron otra cosa: me convertí en un hombre viejo, no por la edad sino por la costumbre monomaniaca de recurrir al pasado.
XV
Solos en el silencio de la carretera, solos como dos solitarios desconocidos, y el Rámbler América rugía por las sinuosidades de asfalto mientras los faros rompían las paredes negras del bosque, ni siquiera el radio interrumpía el absorto, el ensimismamiento o la introspección por la que deambulábamos mientras el auto avanzaba inefable, como al encuentro de nuestro destino, el tuyo y el mío, el de nosotros dos que sin embargo nos empeñábamos en la disyuntiva, en la ruta de los senderos que se bifurcan, aunque el tarot ya había sentenciado lo venidero por más que nosotros nos empeñáramos en lo contrario, sí María Luisa, esa noche solos, tú y yo, transitábamos por las acequias de nuestro devenir y no tenía caso que intentáramos modificarlo con pleitos infundados o razones que nunca venían al caso, por eso íbamos en silencio, íbamos al encuentro no de tus antepasados ni de los lazos familiares allá en Ignacio de la Llave, sino de nosotros mismos, y en ese no hablar se trazaban millones de frases que nos dibujaban a la perfección, mas la ceguera o los atavismos nos impedía darnos cuenta de ello, no obstante que a veces, en un rápido parpadeo, creía yo vislumbrar todo de ti y creo que tú experimentabas la misma sensación, de modo que no entendía tanto rencor y reproches de uno y otro lado, pero así era, por eso íbamos en silencio, con las molestias de la cotidianeidad en el estómago retorciéndose igual que serpientes en su nido, y no éramos capaces de brindarnos una tregua, de que alguien tendiera la mano primero, para no torcérsela, y qué fácil me hubiera sido entonces hacerte una señal, tocarte la mano o decirte que te quería y que significabas en realidad mi otra mitad, pero ya sabes que así es la vida, sólo cuando ya no tiene remedio buscamos el antídoto, como ya no tiene remedio que te recuerde, que escriba en este diario sin cronologías nuestros encuentros y desamores, aunque en el silencio de esta habitación extrañe tu silencio, tu callada forma de quererme, quizá por este mismo silencio recordé ese viaje que nos condujo de forma inesperada a la separación verdaderamente sin retorno, porque yo no manejaba pensando en la carretera sino en lo que sería mi estúpida existencia sin ti si decidías quedarte en Veracruz con tu familia, María Luisa, aunque el destino ya nos tenía preparado el argumento total de nuestras existencias.
XVI
Seiscientos días juntos, catorce mil cuatrocientas horas compartiendo lo baladí y lo trascendente, lo dulce y lo bilioso, la cama y la mesa, los cines y las lecturas interminables a Mann, a Bukovski, a Cortázar y, claro, nuestras caminatas por el centro de la ciudad y por el campo, pero nunca para compartirnos y llenarnos de gozo verdadero, aunque es cierto que en el sexo –ese pedazo de paraíso que nos dejó la expulsión del Edén- nos expandimos como pequeños universos alternos, paralelos o superpuestos, seiscientos días con sus respectivas noches, pues, para comprender que teníamos una sola oportunidad y millones de salidas absurdas, porque en ese tiempo, Lucinda, tú querías ser la gran cantante de México y yo el Octavio Paz mexiquense, y quizá eso fue lo que dio al traste con lo nuestro, porque buscábamos hacer más que ser, y así nos llegó el olvido, dejando de lado lo fundamental, lo único que hubiera valido la pena.
Por esos días, que bien cabrían en un vaso de agua, conocimos los Montes Azules, en la Lacandonia, las cascadas de Agua Azul y Palenque, y claramente recuerdo cómo abrías desmesuradamente los ojos ante la magnificencia de los edificios y cómo te referías al rey Pakal como lo máximo, de veras, no sabes, es que es lo más grandioso, y yo te comprendía, no por tus palabras sino por el temblor de tus músculos –te abrazaba entonces, no por cariño sino calculando que tu caída sería algo más que brutal desde el edificio del Observatorio-, y porque al hilar las palabras aliterabas como escolapia de preescolar, qué emoción más genuina manifestabas, tanto que me despertaste la envidia y mi orgullo pendenciero me obligó a hablarte de la cultura maya, y de ese alemán embustero que pretendía hacernos creer que Pakal fue en realidad un astronauta y, según los dibujos en su lápida mortuoria, manejaba una nave espacial, pero fuere lo que resultase, el caso es que nos dio pie a que charláramos animadamente durante casi todo ese día como no lo habíamos hecho en ocasión alguna, ¿te acuerdas, Lucinda?, porque yo lo recuerdo como si lo estuviera viviendo nuevamente, con una nitidez perfecta, igual que si estuviera viendo una película.
Ahora sin embargo me da por contar los días y las horas en que fuimos parte el uno del otro, pero una parte reemplazable, como la de cualquier automotor, y en esa contabilidad no me salen las cronologías ni el resultado es el adecuado, será porque parte de la memoria me fue borrada como por un dedo, y así, sin más, he olvidado muchas de las cosas que vivimos, que compartimos, Lucinda, la de las piernas velluditas, mi diosa y numen, evoco a todas las musas para ofrecerles sacrificio a cambio de los recuerdos fieles, de que me devuelvan mi memoria, ese trozo de vida que no acepto que me haya sido sustraído por no sé qué sortilegios del destino.
Y ese día en Palenque fue quizá el mágico, el que toda pareja desea en su vida, y fue por ese estado anímico que decidimos seguir la aventura, ir más al sur: Campeche, Mérida, Chetumal y de ahí a Belice, donde entramos en contacto con la cultura afro en serio, y el reggae y Bob Marley y el ron de a de veras, pero ya no conseguimos las comunión que habíamos logrado allá, donde Pakal fundó su reino.