31 mayo, 2006

Un Poema al Casuario


Por Alfredo Martínez R.

el color de tu rostro es
el de incandescentes piedras
que lentamente se enfrían

tu plumaje me trae más al jabalí
que a la avestruz o la gruya

y el poder de tus patas
evoca al dragón de Comodo

será porque no ocultas
tu prehistoria
porque vives atrapado
entre el dinosaurio
y alguna ave rapaz de nuestra era

sea como fuere, Casuario,
en tus ojos habita un saurio y un ángel
y acaso un homínido con su hacha de piedra

Cronotopías


Por Alfredo Martínez R.
I
Iba por la vereda tropical, con sus huaraches comprados en Huautla, cuando fue a conocer a la Sabia de los Hongos, y una canción muy bitlera le retumbaba en la mente: todo lo que necesitas es amor o déjalo ser o el submarino amarillo o todas juntas en un mezcla que únicamente tenía sentido para él, y no le importaba que la gente que se cruzaba a su paso le lanzara miradas de curiosidad y de sorna e incluso alguna de desprecio: él vivía como quería, disfrutaba la vida según sus conceptos personales extraídos de sesudas lecturas a Herbert Marcuse, a maese Octavio Paz, a Albert Camus, Jean Paul Sartre y otro tanto de intelectuales que según él ilustraban a la perfección La Gran Mierda del vetusto siglo XX, y seguía su paso despreocupadamente: saboreaba la dulce incuria en la que a veces cae un aspirante a poeta, un perenne aspirante al carmen, el eterno vate que desconocía los ordenadores y las notebook y que bajo el brazo cargaba (como una parte más de su cuerpo) cincuenta, cien hojas ya amarillentas, carcomidas de los filos, en las que había plasmado su opus nigrum poetical, donde estaba casi toda su vida, lo esencial, lo nutricio: pura filosofía, pues, arrancada con sangre a la cotidianeidad, a fuerza de denigrar su espíritu y de socavar su cuerpo, el pinche cuerpo que no servía sino para perecer y en ocasiones, muy contadas, para proporcionarle un poco de gozo, como cuando conoció a Lucinda, la de las piernas velluditas, la pura neta de las musas y el plus ultra de la inspiración, a quien con un beso horadó como en un ritual erótico que recordaba la fundación de Sumeria o el rapto de Helena por Paris y por quien se desató la Guerra de Troya, a quien amó sin más, a quien le entregó su todo: su sensibilidad, su conocimiento de la cocina prehispánica, su gusto por Paul, John, George y Ringo, a quien le develó los misterios sagrados de la mota y con quien compartió una noche cosmogónica con María Sabina, precisamente en Huautla, la sierra mazateca, ahí donde John Gordon supiera que la mezcalina no es una droga para pendejos sino un pasaje a lo fundamental, la forma verdadera para estar entre los brazos de Dios, y así avanzaba por la vereda tropical, como arrullado por los niñitos sagrados, con la canción de imagina entre la comisura de los labios, con sueños que devenían en alucinación, pequeños infiernos sin embargo que no eran comparables con la pérdida de ella, su numen, su diosa en su transparente peplo y por quien desató batallas reales y contra molinos de viento, y era precisamente ahora, al caminar por la verde vereda tropical, con la brisa salobre pegándole en el rostro, que notaba con brillantez su ausencia, que era como un hueco, como un hoyo negro que todo se iba tragando insaciable, inefablemente y que al final sería el desencadenante de su personal Big Crush, la descomposición elemental, y se sintió como el Robinson de Michel Tournier, o en el absurdo existir de El Extranjero de Camus, y claro que nada tenía sentido ni lógica, sólo un azar preciso lo conducía, por eso se explicaba su presencia en Paraíso, ahí en Tabasco, él que odiaba el trópico y sus bochornos, el mar y los bohíos, él todo citadino que prefería mil veces pasear por la calzada México-Tacuba que por ese sendero de cocotales y mosquitos nosferatus desde donde se divisaba con claridad el mar abierto y su salvaje poderío, su natural capacidad de destrucción y su don intrínseco de la vida, para la vida, por la biovida, pero se dejaba ir, sus pasos eran conducentes y su pensamiento una veleta a la deriva en la inmensidad del Atlántico, aunque de ninguna manera hubiera deseado estar en la Ciudad de México dando un paseo por Bolívar y sus catedrales a Baco ni admirando el Barroco de la calle Madero ni saboreando un café en la terraza del Gran Hotel, desde donde dominaba, cuando asistía con Lucinda, el espacio ceremonial de la plancha del Zócalo, ahí desde donde aún emana memoria colectiva y ritos paganos, él más bien estaba si no feliz sí despreocupado de caminar por la verde vereda del trópico tabasqueño, yendo hacia ninguna parte, sin la necesidad de ser ni parecer, difuminándose, como un barco en algún filme de Fellini…
II

Lucinda cerró los ojos, aspiró profundamente y retuvo el humo de la yerba casi hasta la regurgitación. Luego habría dicho qué poca madre, ni se siente nada, sólo molestias en la garganta. Y Rafael sonrió. Pinche chavita, todavía no sabe lo que es la vida. En el aparato japonés sonaba Vangelis. Carajo, siempre Vangelis, ¿qué no sabes escuchar otra cosa, Rafael? Pero él no contestó, estaba concentrado en la música, se montaba en cada nota y cabalgaba por el viento; más lejos aún: por calzadas siderales, entre planetas obscuros y raudos cometas. Y creía comprender el discurso de Vangelis, lo que el músico declaraba en su odisea. Minuciosamente huroneaba en cavernas espaciales, muy a lo Kubrick. Vagamente, Lucinda escuchó la voz de Rafael que le decía: clávate, pon tu mente en la música y déjate ir. Pero la voz le llegó de muy lejos. Luego creyó que la música se hacía más nítida y que cada sonido le hablaba como en una conversación de persona a persona. Y le dio la mano a Rafael. Ahí se quedaron, hasta que sintieron frío, sed, amor…

III

Cántame una canción, una canción que hable del mar y las sirenas, una canción donde sea yo la heroína y tú el villano, así debe ser, y donde se escuchen violines y flautas y sienta sobre el rostro el golpe del viento, donde tu voz se desmorone poco a poco, hasta desparecer, y sólo quede un ulular, apenas un quejido, suave, casi inaudible, un punto sonoro donde pueda concentrar todo lo que somos, lo que nos pertenece y lo que se nos niega, un punto que sea entrada y salida, escape y encuentro, ahí donde podamos rematar el amor con orgasmos múltiples e interminables, así cántame, así debe ser, y yo te escucharé con devoción de pecadora, con la atención de niña que aprende sus primeras letras, y en cada tonada tuya abriré los brazos al cielo, surcaré los océanos, remontaré en vuelos las montañas, siempre en busca de ti, de lo que somos y que no acertamos a descifrar, porque una canción así necesariamente debe interpretarnos, revelarnos, descubrirnos a nosotros mismos, con una claridad que nos transparente y nos invite a aceptar la realidad que somos, que nos implica, que nos complica y mezcla irremediablemente, minuciosamente, como cuando estamos desnudos y nos miramos simplemente y nos sentimos felices de pertenecernos, de ser el uno para el otro, instante siempre fugitivo, siempre transitorio, porque nada perdura y todo se nos va de las manos, porque así es la vida, un eterno préstamo, una canción que se termina, pero una canción al fin, porque tuvo canto, porque existió quién la interpretara, por eso quiero que me cantes, que tu voz vaya diciendo lentamente nuestra historia, la tuya de marino sin puerto, la mía de sirena sin canto.

IV

Desde una ventana de Rectoría la viste llegar. Traía puesto su peplo veracruzano y te dio gusto que su caminar no denotara sobresaltos ni preocupaciones; más bien dejaba entrever una sutil armonía. En la amplia explanada, con las grandes escalinatas a todas luces prehispánicas, te la imaginaste como una princesa meshica. ¡Puta madre, qué loco, mi princesa tlatelolca y yo muy guerrero jaguar! Había reunión, habría reunión, y ahí estarían todos: Eleazar Guevara, Tony Ornelas, Lulú Menchaca, Miguel Espíndola y Lola Hernández. Puta, qué güeva. Otra vez lo mismo: Kant, Heidegger, Spinoza, Marx, Lenin, un mundo… Si de menos aderezáramos con Genet y Nina Simona... Pero le consolaba la idea de ver a Lucinda, después un café, luego el departamento de ella, algo de música, nada especial, quizá Elis Regina, o bien una lectura a dúo de Yannis Ritzos, ahí “en el rincón, donde te desnudaste/ una noche”. De modo que se apresuró para alcanzar a Lucinda. Hola, amor, ¿todo bien? Sí, qué bueno; yo aquí, encerrado en mi torre, inventando que invento, ya sabes, boletines para la prensa. Muy loco. Cogió a Luncinda del brazo y se encaminaron a Ciencias Políticas, al archimanoseado auditorio Che Guevara, de tu querida presencia, comandante. Y ahí estaban todos, ya listos para iniciar la discusión. Pero fue Eleazar el que propuso que no hubiera sesión. Mejor vamos a cotorrear por ahí, no sé, pero ni bares ni lugares acá, cultos ¿no?, digo, algo así como un escape, un reventón muy de chavos, que se vaya a la chingada Gramci y Agnes Heller, bueno, lo que quiero decir es que dejemos el caminito, la rutina, y vámonos por ahí, sin más…

IV

Manejabas por la vieja carretera México-Puebla. El Súper Bee se desplazaba con dificultad por las cerradas curvas, pero tú te creías el chinguetas, el puedelastodo, valiéndote madre, y cantabas tu canción amarra un listón al viejo roble, manejando el volante con la mano izquierda, mientras la derecha exploraba las piernas velluditas de Lucinda. Qué feliz eras, tus carcajadas inundaban el habitáculo y no dejabas de beber de la cerveza Indio, que me cai que es una chela bien neta, cualquier alemana se la pela, te lo juro. Lucinda te seguía el juego, pero en su fuero interno tenía miedo. Quizá por ello también bebía grandes sorbos de la Indio, y quería gritar como tú, ser feliz como tú, morir como tú.
¿Cuántas veces recorriste la vieja carretera? Siempre que tu auto tomaba las imposibles curvas, te decías, nos decías, que te recordaba champs elyses, donde nunca habías estado, y te maravillaba la variedad de pinos, el olor de yerba, el juego de contraluces que la luz solar provocaba al filtrarse por entre las copas de los árboles. Ahhh, era maravilloso, aunque siempre fugaz. Tu meta siempre era la misma: Río Frío, y luego el retorno a la pesadez de las arterias civiles. Pero siempre habría un periplo sin retorno. Siempre habría un más allá que te impediría volver. Acaso ya tenías tu plan perfecto.
¿Lucinda también tendría su plan irrevocable y minucioso? Sólo así se explicaba su repentina locura, su súbita desaparición intelectual.
Yo los miraba a los dos. Qué contagio de risas falsas y felicidad putativa. Y hubiera querido decir a los dos que los amaba, que eran la familia elegida, la que por voto unánime tomó el poder en mi corazón. Pero fuere porque nunca fui bueno para expresar mis sentimientos; fuera por una idea egoísta y reprimida, siempre callé, siempre, hasta el día fatal.


V

Diluvidea una lluvia sacramental y Benny Goodmann se cae a pedazos. Brenda Lee también se hace agua, gotas pesadas, gotas finas, confusión líquida, ahorcamiento bajo un monzón.
Son las tres de la madrugada o la dos de la pedez, da lo mismo, y yo sigo aquí, muy pendejo escuchando el aparato japonés theater room. Me preparo mi tabaco de mota con coca, un nevadito, pues, y pienso en ti.
Qué carajos habría pasado por mi mente para dejarte ir

Bajo la lluvia de la Ciudad de México
En la tremenda soledad
De un congestionamiento en periférico
Y amándote más que siempre

Qué chingados sucedió con nosotros, Lucinda, cuando más fuerte se hacía el amor y cuando habíamos encontrado el Tao. Me cai que ni los escarabajos, la neta que ni el Krisna.

Lucinda diosa/bruja/sabia/putita mía
Vamos a empedarnos, mi amor, a mitad de la laguna

Navego las calles románicas y me sorprende una Condesa llena de sitios para putos. Ya ni lugares decentes donde pueda uno embriagarse y ponerse hasta la madre y olvidarse de todo y de nada. Mis pasos me encaminan al México Antiguo, busco la Taberna del Greco, haber si escucho Los Millones de Arlequín, y pronto descubro que ya no vivo donde he nacido, que me amputaron la memoria de un tajo. ¡Maldito 1985!

Te busco en callejones civiles y en congales puritanos, en algún recoveco de Bellas Artes, en un salón artesanal de Minería… Te busco para perderte, para olvidarte. Para despreciar nuestra malograda existencia, Lucinda pura, agua, beso de medianoche, tierra de Campeche, cascanuez de madera, antropóloga del sexo, mística de la comida tabasqueña, animal aéreo, nací de tu costado pero ya no puedo lavar mi cara sucia con tus manos, tú virgen del Caribe, inspiración de bardos malditos, goliarda de mi fe, mi libro predilecto, mi canción añorada/

Te busco con el deseo
De cualquier Tennessee Williams
Lucinda Monroe
Cristal de todo desastre
En la Ciudad de México/

Lucinda revelación, teóloga, proterva, amantísima de Gide y de Motzar, yo te busco, te busco en los amaneceres con lluvia, en las noches de interminables persecuciones, en los días de insufrible ausencia. Lucinda diosa/mujer/chamaquita/costilla mía, exijo que te canonicen y seas conducida a la diestra de Dios, Lucía de todos los santos, santa, mártir, patrona de los perseguidos, culpable de mi muerte, artífice de mi marginalidad.

VI

Te refugiaste en el cine Sheba sólo por el aire acondicionado, ni siquiera te importó la exhibición de Fanny y Alexander o acaso el cansancio te negó siquiera ver de qué se trataba. Era realmente acogedor sentir el ambiente fresco y poder descansar como no lo habías hecho durante mucho mucho tiempo. Pero Bergman se vengaría oníricamente. ¿Cuántas veces odiaste a Lucinda porque iba a las salas a dormir? Realmente era una falta de respecto, tanto para el arte como para uno mismo. No se puede mercadear en el templo sin ser castigado, decías, y tarde o temprano un karma omnipotente y omnipresente alcanzaría a los infieles. Pero dormías; soñabas una caminata por un sendero de pinos ayacahuites en las faldas del Nevado de Toluca, nada deseabas con mayor fuerza que llegar a la cima, pero tus pasos, cada vez, te impedían avanzar; los pies no respondían a las órdenes del cerebro o eran demasiado pesados para moverlos. De pronto el sendero se convertía en un desierto blanquísimo en cuya superficie el sol rebotaba inclemente y cegador. Y en una de esas ráfagas de luz inverosímil pasó la figura de una ninfa nabokoviana, aparición que en un principio te pareció lejana e imposible, aunque luego reconociste en ella a María Luisa Delfín o a Julia Teresa Vidal o a Lucinda Piernas Velluditas, o una criatura que combinaba a todas estas mujeres. De súbito ya estabas inmerso en la laguna de La Luna y te estremecías de terror al ver tu propio cadáver tumefacto y azul flotando en las aguas minerales. En el cielo, blancas aves trazaban curvas euclidianas y te dio por recordar a Johannes Kepler y su geometría divina. Luego escuchaste una voz que te ordenaba “levántate y anda˝, pero no supiste que dicho mandato se refería a ti, de modo que seguiste muerto, más muerto aún que Lázaro, aunque tus ojos fueran capaces de mirar y descubrir grandes extensiones ahora verdes, amieladas, oscuras, pantanos que te hablaban de tu propia corrupción. Estabas muerto… Sólo la celestial voz del cuidador del Sheba fue capaz de traerte de nuevo a este mundo. ¡Carajo, pinche Ingmar Bergman!
Afuera soplaba la brisa húmeda del Grijalva. Ahh, supiraste, inspiraste, exhalaste. Te encaminaste por la calle Constitución, o el boulevard, como le llamaban los lugareños, para llegar a la casa de huéspedes Teresita. En la esquina el salón de billar llamó tu atención, pero saberte solo inmediatamente dio al traste con la idea.
Dormir, soñar, no más… Pero haría falta una buena dosis de bacacho para atraer a Morfeo, o de perdida una botella de licor de cacao, y un buen cigarro de yerba. Juaauuujua. Pero aquí dónde, si no conozco a ningún olmeca que me aliviane. Ah el mar, el mar, dentro de mí lo siento, ya de tanto pensar en él, tiene un sabor de sal mi pensamiento. ¡Órale, maese Gorostiza, me cai que andabas súper tizo en tu muerte sinfín, y yo acá, sin nadie, sin nada, ni un pitillo de elemental mostaza, de humilde juana, de terreneal mariguana.
Conseguiste una botella de aguardiente de caña y le propinaste un sorbo largo, aletargante, asfixiante. Luego otros más, hasta que caíste por el túnel del sopor, por el pozo de la embriaguez, y llegaste el fondo de ti mismo, a cohabitar con tus arquetipos y demonios, en un sueño que hubiera envidiado Freud: en tu recámara desnuda yacías acuclillado, sin ropa, la luz se filtraba por la ventana y rebotaba en el closet de caoba, dándote en el rostro descompuesto, mientras con las manos sostenías una jaula de carrizo sobre tu ombligo. Luego la escena cambió súbitamente pero ya no eras tú, sino alguien que fingía ser tú o parecido a ti, caminando por el alcázar del Castillo de Chapultepec, acompañado de un cerdo blanco cruzado por una banda negra a la altura del pecho. Iban como dos amigos, conversando, pero tú no entendías nada y el cerdo se reía malignamente de ti. Volteaste a verlo directamente a los ojos, concentrado, odiándolo, y te perdiste en esa mirada, hasta reencontrarte en un desierto de sal, nuevamente desnudo, caminando pesadamente, con pies, manos y labios llagados, blanquecinos, amoratados… Mas no supiste ya nada. Te despertó la sed, una sed de siglos, una sed de agua y de ti mismo. Afuera, el trópico danzaba. El Grijalva navegaba sus lirios y pejelagartos.

VII


La ciudad te seguirá a donde vayas, dijo el griego, y sigo a pie juntillas la regla, y como he desperdiciado mi vida en la Ciudad de México, la he echado a perder en cualquier otra ciudad del planeta, no hay de otra, sería yo muy pendejo si pensara otra posibilidad, como que de pronto alienígenas me abducieran con fines experimentales y a cambio me ofrecieran una vida nueva, un don cabroncísimo, como ser súper inteligente o mega millonario o chingonamente guapérrimo o todo junto, súper potente, plenipotenciario, e iniciar de nuevo. ¡Juauuujua, qué poca madre!

VIII

Vamos a empedarnos
mi amor
a mitad de la laguna
a morir con la cara al sol
en este viernes santo

Palenque ha despertado verdísimo y el rey Pakal ha de pasear ceremoniosamente por su ciudad. Desde las escalinatas del observatorio comprendo la palabra magnificencia, el vocablo grandeza. ¿Dónde estás, María Luisa Delfín?

IX

Desayunamos en el Majestic, en la terraza, como corresponde a dos nostálgicos del México Antiguo. Hubiéramos querido ver palmeras y pegasos en la plancha zocalina, y en derredor suyo los tranvías. No los de mulitas, por favor, pero sí los eléctricos. Nos parecía que de alguna forma ese México no se había ido, permanecía ahí, como en otra dimensión adyacente a la nuestra, superpuesta. Y sí, era sólo un juego que jugábamos mientras sorbíamos interminables tazas de café. Muchas veces Lucinda me invitaba a caminar, luego de los alimentos, por el tianguis que aún se levanta en el sitio, con tránsfugas hipies y citadinos indígenas. La de objetos que compraba: aretes con piedras de ojo de tigre, pulseras con cuarzos de todos colores y aptas para deshacer maleficios singulares, chales de algodón oaxaqueño, palos de lluvia, pitos de barro, máscaras ceremoniales y un interminable ufff… Me complacía el que fuera feliz. Lo único que nunca acepté, ni aceptaré: la presencia de los neonahuatlacos, neoaztecas, newpendejos, danzando ahí para aliviar su singular anatomía o para la reinstalación del Imperio Azteca, fuerte, dominador, cobrador de impuestos, sacrificador de doncellas. ¡Puta madre, qué pinche desperdicio! Pero ahí seguían, como el dinosaurio de Tito. Toleraba más a los jipis atemporales. Sus desplantes siempre me parecieron divertidos, como que en su fuero interno se creían sabedores del nombre verdadero de Dios, o chingonamente inteligentes y por lo tanto de una raza aparte, merecedores del maná. Algo así. ¿Cuántas veces Lucindad y yo peleamos por estos especímenes? Ella los consideraba los beat de México, y yo, no mames, Lucinda, me cai que te meas afuera del inodoro, digo, sí reconozco que son gente libre, que le vale madre el stablishment y lo que tú quieras, pero ningún pendejo de esos es Ginsberg, o el Sal o el Dean de On the Road, digo, agarra la onda maestrita. Y cuantas veces no perdiste el equilibrio y la razón y me mandaste mundialmente a chingar a mi madre, pero yo muy en mi planeta, con la autoridad que me daba mi gran cultura, no es cierto. Luego, ya pasado el vendaval dialéctico, regresábamos a la calma, a la cama, al salvaje sexo y, más tarde, a refugiarnos en algún filme del Gordo y el Flaco y en ocasiones, muy pocas, de Chaplín. Aunque nuestro verdadero icono era Tin Tan, el verdadero genio de la comedia del cine mexicano. Ni madres que Cantinflas.
Y desde la terraza del hotel tomábamos un aire como de turistas e íbamos descubriendo permanentemente cosas nuevas, como si nuestra capacidad de asombro se renovara paso a paso a cada nueva visita al lugar. Siempre desde las alturas, nos complacían las marchas (¿te acuerdas de la entrada de Cuauhtémoc Cárdenas en 1986 a la Gran Plaza?), los plantones permanentes, las ventas esporádicas de los productos del campo por inconformes campesinos, el andar de los caballos de la policía montada, las manifestaciones gays (en realidad de putos y tortillas, como decía Rafael) y, en fin, todo el teatro citadino cotidiano, el eterno retorno, el insultante e inmoral escenario repetitivo, infinito, los espejos borgeanos.

X

Julia Teresa Vidal, Julia Teresa Vidal, Julia Teresa Vidal, Julia Teresa Vidal, Julia Teresa Vidal… No sé cuántas veces repetiste su nombre esa noche, pero la oscuridad sólo podía ser vencida con el sustantivo amoroso, la palabra del abracadabra, la cábala del nombre, y lloraste como nunca, como siempre, y cada gota salobre del llanto llevaba una carga nemotécnica de intensa vida, y ahí parecía estar Julia contigo, a tu lado, también en un sollozo invencible, y uno y otro se confesaban las necesidades no saciadas, los secretos perdidos en un camposanto olvidado, Julia Teresa Vidal, Julia Teresa Vidal, y en la pronunciación, en la aliteración, querías reencontrar los momentos, esos instantes irrecuperables para el tacto aunque redivivos en la memoria, siempre convertidos en fascinaciones seniles, como las del viejo de Kavafis, que recuerda sentado en la banca de un parque los deseos que despertó pero que nunca satisfizo, y tú esa noche no eras menos, aunque tu mente enferma de literatura te invitaba a creerte Aquiles llorando la muerte de Patroclo, muerte que desató la ira que destruiría Troya, así querías tú destruir: las calles, los sitios de los encuentros, la ciudad que les dio cabida, matar a los amigos y a las familias, terminar con todo, desarraigar, y luego, con la absoluta certeza de haber llevado al cabo la obra de espada flamígera, degollarse, y en el acmé gritar postreramente Julia Teresa Vidal, Julia Teresa Vidal, Julia Teresa Vida.


XI

Amanecer triste se convirtió en una constante matemática en el diario existir de este goliardo sin fe.

XII

¿Te acuerdas de los papalotes? Julia, yo te seguía entonces, te perseguía por las calles del Centro Histórico. Y ahí iba yo tras de ti, primero por la calle de Argentina, rumbo al Zócalo, y luego por Perú, como quien se dirige hacia Garibaldi, pero torcías sobre Brasil, caminando por la acera de la iglesia de Santo Domingo porque no te gustaba pasar en la que daba a la Escuela de Medicina, el antiguo Palacio de la Santa Inquisición, ahí donde el bardo Manuel Acuña muriera por decisión propia al no conseguir los amores de Rosario de la Peña. Iba yo tras tus pasos, pero nunca me atreví a detener tu marcha para expresarte todo lo que sentía. Y a ti te gustaba ese juego. Sabías que iba yo a tus espaldas, que pretendía que voltearas y me dirigieras una mirada sólo. Pero cuando llegabas a la plaza donde la Corregidora tiene su fuente, te me escapabas entre los impresores y copistas y no te veía más, sino hasta el día siguiente. Por eso me desquitaba con tu hermanito Jacobo; por eso me vengaba con “arcángel”, tu gatita de callejón. Siempre así, Julia, hasta que te invité a treparnos a la azotea del mercado de La Lagunilla para elevar mi papalote. Qué felicidad más clara, qué dicha más honesta.



XIII

María Luisa Delfín, tu nombre me grabó en el pecho una cruz y un rosario. En el mar de Veracruz se quedó mi alma. Y en Ignacio de la Llave, mi paladar. ¡Cómo cocinaba tu santa madre!
XIV

María Luisa, hubiera querido contestar tu carta pero nunca lo hice. Si me preguntaras por qué, no sabría decirte el motivo. El caso es que pasó el tiempo y nunca más supe de ti. Los setenta corrieron aprisa y para los ochenta había cambiado lo suficiente como para no hurgar en la memoria. Los noventa ya fueron otra cosa: me convertí en un hombre viejo, no por la edad sino por la costumbre monomaniaca de recurrir al pasado.

XV

Solos en el silencio de la carretera, solos como dos solitarios desconocidos, y el Rámbler América rugía por las sinuosidades de asfalto mientras los faros rompían las paredes negras del bosque, ni siquiera el radio interrumpía el absorto, el ensimismamiento o la introspección por la que deambulábamos mientras el auto avanzaba inefable, como al encuentro de nuestro destino, el tuyo y el mío, el de nosotros dos que sin embargo nos empeñábamos en la disyuntiva, en la ruta de los senderos que se bifurcan, aunque el tarot ya había sentenciado lo venidero por más que nosotros nos empeñáramos en lo contrario, sí María Luisa, esa noche solos, tú y yo, transitábamos por las acequias de nuestro devenir y no tenía caso que intentáramos modificarlo con pleitos infundados o razones que nunca venían al caso, por eso íbamos en silencio, íbamos al encuentro no de tus antepasados ni de los lazos familiares allá en Ignacio de la Llave, sino de nosotros mismos, y en ese no hablar se trazaban millones de frases que nos dibujaban a la perfección, mas la ceguera o los atavismos nos impedía darnos cuenta de ello, no obstante que a veces, en un rápido parpadeo, creía yo vislumbrar todo de ti y creo que tú experimentabas la misma sensación, de modo que no entendía tanto rencor y reproches de uno y otro lado, pero así era, por eso íbamos en silencio, con las molestias de la cotidianeidad en el estómago retorciéndose igual que serpientes en su nido, y no éramos capaces de brindarnos una tregua, de que alguien tendiera la mano primero, para no torcérsela, y qué fácil me hubiera sido entonces hacerte una señal, tocarte la mano o decirte que te quería y que significabas en realidad mi otra mitad, pero ya sabes que así es la vida, sólo cuando ya no tiene remedio buscamos el antídoto, como ya no tiene remedio que te recuerde, que escriba en este diario sin cronologías nuestros encuentros y desamores, aunque en el silencio de esta habitación extrañe tu silencio, tu callada forma de quererme, quizá por este mismo silencio recordé ese viaje que nos condujo de forma inesperada a la separación verdaderamente sin retorno, porque yo no manejaba pensando en la carretera sino en lo que sería mi estúpida existencia sin ti si decidías quedarte en Veracruz con tu familia, María Luisa, aunque el destino ya nos tenía preparado el argumento total de nuestras existencias.

XVI

Seiscientos días juntos, catorce mil cuatrocientas horas compartiendo lo baladí y lo trascendente, lo dulce y lo bilioso, la cama y la mesa, los cines y las lecturas interminables a Mann, a Bukovski, a Cortázar y, claro, nuestras caminatas por el centro de la ciudad y por el campo, pero nunca para compartirnos y llenarnos de gozo verdadero, aunque es cierto que en el sexo –ese pedazo de paraíso que nos dejó la expulsión del Edén- nos expandimos como pequeños universos alternos, paralelos o superpuestos, seiscientos días con sus respectivas noches, pues, para comprender que teníamos una sola oportunidad y millones de salidas absurdas, porque en ese tiempo, Lucinda, tú querías ser la gran cantante de México y yo el Octavio Paz mexiquense, y quizá eso fue lo que dio al traste con lo nuestro, porque buscábamos hacer más que ser, y así nos llegó el olvido, dejando de lado lo fundamental, lo único que hubiera valido la pena.
Por esos días, que bien cabrían en un vaso de agua, conocimos los Montes Azules, en la Lacandonia, las cascadas de Agua Azul y Palenque, y claramente recuerdo cómo abrías desmesuradamente los ojos ante la magnificencia de los edificios y cómo te referías al rey Pakal como lo máximo, de veras, no sabes, es que es lo más grandioso, y yo te comprendía, no por tus palabras sino por el temblor de tus músculos –te abrazaba entonces, no por cariño sino calculando que tu caída sería algo más que brutal desde el edificio del Observatorio-, y porque al hilar las palabras aliterabas como escolapia de preescolar, qué emoción más genuina manifestabas, tanto que me despertaste la envidia y mi orgullo pendenciero me obligó a hablarte de la cultura maya, y de ese alemán embustero que pretendía hacernos creer que Pakal fue en realidad un astronauta y, según los dibujos en su lápida mortuoria, manejaba una nave espacial, pero fuere lo que resultase, el caso es que nos dio pie a que charláramos animadamente durante casi todo ese día como no lo habíamos hecho en ocasión alguna, ¿te acuerdas, Lucinda?, porque yo lo recuerdo como si lo estuviera viviendo nuevamente, con una nitidez perfecta, igual que si estuviera viendo una película.
Ahora sin embargo me da por contar los días y las horas en que fuimos parte el uno del otro, pero una parte reemplazable, como la de cualquier automotor, y en esa contabilidad no me salen las cronologías ni el resultado es el adecuado, será porque parte de la memoria me fue borrada como por un dedo, y así, sin más, he olvidado muchas de las cosas que vivimos, que compartimos, Lucinda, la de las piernas velluditas, mi diosa y numen, evoco a todas las musas para ofrecerles sacrificio a cambio de los recuerdos fieles, de que me devuelvan mi memoria, ese trozo de vida que no acepto que me haya sido sustraído por no sé qué sortilegios del destino.
Y ese día en Palenque fue quizá el mágico, el que toda pareja desea en su vida, y fue por ese estado anímico que decidimos seguir la aventura, ir más al sur: Campeche, Mérida, Chetumal y de ahí a Belice, donde entramos en contacto con la cultura afro en serio, y el reggae y Bob Marley y el ron de a de veras, pero ya no conseguimos las comunión que habíamos logrado allá, donde Pakal fundó su reino.

La Generación Beat


Por Allen Ginsberg



El término Beat Generation surgió durante una conversación entre Jack Kerouac y John Clellon Holmes en 1948. Hablaban del carácter de otras generaciones, y al recordar el encanto de la Lost Generation (la Generación Perdida), Kerouac dijo: "Ah, la nuestra no es más que una generación vencida [beat].
Acaso se trataba, comentaron, de una "generación encontrada'', como a veces la llamaba Kerouac, o de una "generación angélica'', y así probaron otros epítetos. Pero Kerouac cerró la discusión diciendo: Beat Generation -no con el propósito de nombrarla, sino para "desnombrarla''.
A fines de 1952 apareció en el New York Times Magazine el célebre artículo de John Clellon Holmes, "This is the Beat Generation'', que captó la atención del público. Poco después, Kerouac publicó un fragmento anónimo de On the Road, "Jazz of the Beat Generation'', lo que reforzó el carácter poético del término. Esta es, entonces, la historia temprana del nombre Beat Generation. Herbert Huncke, autor de The Evening Sun Turned Crimson, amigo de Kerouac, Burroughs y otros del círculo literario de los cuarenta, inició al grupo en la jerga entonces conocida como hip lenguage.
En ese contexto, la palabra beat es un término "subterráneo'' ("subcultural''), una expresión que se empleaba con bastante frecuencia en Times Square: "Hermano, estoy acabado (I'm beat)'', lo que significaba, sin dinero, sin un lugar donde quedarse. También podía hacer referencia a aquellos "que caminaron toda la noche con los zapatos llenos de sangre, por los muelles repletos de nieve, esperando a que en East River se abriera una puerta a un cuarto "saturado de vapor y de opio'' (Allen Ginsberg, Howl). O podía usarse en forma coloquial: "¿Te gustaría ir al zoológico en el Bronx?'' "No, hombre, estoy cansadísimo [beat], me desvelé anoche''.
Entonces, en el habla de la calle el significado original de beat era exhausto, en el fondo del mundo, averiguar, echar ojo, desvelado, despierto, avispado, rechazado por la sociedad, solitario, armado con una tremenda sabiduría callejera, listo. Al mismo tiempo, implicaba cosas como acabado, completo, en la noche oscura del alma o en la nube del no saber. Podía significar también "abierto'', en el sentido whitmaniano de "apertura a la humildad''.[...]
Un tercer significado de beat fue enunciado públicamente por Kerouac en 1959, para corregir el abuso del término en los medios de comunicación, donde se empleaba con las connotaciones de ``totalmente vencido'', ``fracasado'', o en el sentido de "ritmo'' (como en the beat goes on). En varias entrevistas y charlas, Kerouac intentó mostrar el sentido correcto de beat, al sugerir su relación con palabras como "beatitud'' y "beatífico'' -la derrota u oscuridad necesarias, precedentes a la apertura a la luz y la supresión del ego que conducen a la iluminación religiosa.
Una cuarta definición se encuentra en el uso de la frase Beat Generation para designar a un movimiento literario, es decir, a un grupo de amigos que desde mediados de los años cuarenta habían trabajado juntos escribiendo poesía y prosa, y que compartían una idea de cultura -hasta que el término se volvió popular a nivel nacional en Norteamérica a fines de los años cincuenta. El grupo inicial estaba formado por Jack Kerouac, Neal Cassady (el prototipo del héroe en On the Road), William Burroughs, Herbert Huncke, John Clellon Holmes (autor de Go, The Horn y otros libros) y yo. Conocimos a Carl Solomon y Philip Lamantia en 1948, a Gregory Corso en 1950, y nos encontramos por primera vez con Lawrence Ferlinghetti y Peter Orlovsky en 1954.
A mediados de los años cincuenta, este pequeño círculo creció con la incorporación de otros escritores con quienes compartíamos maneras de pensar, estilos literarios o perspectivas planetarias. Llegaron a San Francisco Michael McClure, Gary Snyder, Philip Whalen y, hacia 1958, algunos otros poetas, muy fuertes pero menos conocidos, como Bob Kaufman, Jack Micheline y Ray Bremser, junto con el poeta negro más afamado: LeRoy Jones. Todos aceptamos el término beat en algún momento, con humor o seriamente, pero siempre con simpatía. En 1959 fuimos incluidos en la revista Life, en una crónica de Paul O'Neil acerca del estilo de vida, las costumbres y la literatura de los beats, y en el New York Post Alfred Aronowitz publicó en doce partes la serie titulada ``The Beat Generation''.
Hacia la mitad de los cincuenta, lazos de confianza e intereses mutuos nos unieron con Frank O'Hara y Kenneth Koch, Robert Creeley y otros alumnos de Black Mountain College, en Carolina del Norte. Dentro de ese círculo literario, Kerouac, Whalen, Snyder, Lew Welch, Diana di Prima, Joanne Kyger, Orlovsky y yo nos interesábamos por la meditación y el budismo. (Para una discusión sobre la relación entre el budismo y la Generación Beat, véase la investigación sobre la evolución del budismo en América, How the Swans Came to the Lake, de Rick Fields.)
Un quinto significado de Beat Generation tiene que ver con la amplia influencia literaria y las actividades artísticas de una serie de poetas, directores de cine, pintores, escritores y novelistas que por entonces colaboraban en antologías, editoriales, películas independientes y otros medios. Estos grupos revitalizaron la larga tradición de la bohemia cultural en Norteamérica. Entre los personajes más importantes figuraban: en cine y fotografía, Robert Frank y Alfred Leslie; en música, David Amram; en pintura, Larry Rivers; en poesía y edición, Cid Corman, Jonathan Williams, Don Allen, Barney Rosset, Lawrence Ferlinghetti. Esta energía se desbordó hacia los movimientos juveniles, cuya actividad aumentaba en esos días, y fue absorbida por la cultura de masas y por la clase media hacia fines de los cincuenta y principios de los sesenta.
Algunos ideales del movimiento artístico original se pueden encontrar en los primeros escritos de sus poetas, mientras que el interés intergeneracional se renueva década tras década, atraído por algunos asuntos recurrentes: una curiosidad por la naturaleza de la conciencia, orientada a la comprensión del pensamiento oriental, a prácticas de meditación, al arte como manifestación de las texturas de la conciencia y a la liberación espiritual. Estas preocupaciones derivaron hacia la liberación sexual, particularmente homosexual, que históricamente actuó como catalizador en los movimientos de liberación de la mujer y de los negros. La exploración de las texturas de la conciencia condujo hacia una visión tolerante y no-teísta, y por lo tanto, a un antifascismo cósmico, a un acercamiento pacífico a la política, al multiculturalismo, a la absorción de la cultura negra[...]
Nuestro interés por las sustancias psicodélicas como herramientas de conocimiento, particularmente la marihuana, los hongos y el ácido lisérgico, nos permitió sostener una actitud más realista hacia las leyes antidrogas, y nos dio la convicción de que el tabaco y el alcohol eran más destructivos que el resto de las drogas, con excepción de la cocaína.[...]
Pienso que las generaciones más jóvenes han sido atraídas por la exuberancia, el optimismo libertario, el humor erótico, la sinceridad, la energía sostenida, la invención y la solidaridad entre poetas y cantantes, de Burroughs y Dylan Thomas a los jóvenes Beck o Geoffrey Manaugh. Tenemos un gran trabajo por delante, y lo estamos realizando, en una tentativa por rescatar el espíritu de América.
Fragmento del Prólogo a The Beat Book, editado por Anne Waldman y Andrew Schelling.

30 mayo, 2006

Aullido, un poema de Allen Ginsberg


BIBLIOTECA VIRTUAL BEAT 57

a Harold Solomon



" He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz.

Quienes expusieron sus cerebros al Cielo, bajo El y vieron ángeles Mahometanos tambaleándose en los techos de apartamentos iluminados.

Quienes pasaron por las universidades con ojos radiantes y frescos alucinando con Arkansas y la tragedia luminosa de Blake entre los estudiantes de la guerra.

Quienes fueron expulsados de las academias por locos por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo.

Quienes se encogieron sin afeitar y en ropa interior, quemando su dinero en papeleras y escuchando el Terror a través de las paredes.

Quienes se jodieron sus pelos púbicos al volver de Laredo con un cinturón de marihuana para New York.

Quienes comieron fuego en hoteles coloreados o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o purgaron sus torsos noche tras noche con sueños, con drogas, con pesadillas despiertas, alcohol y verga y bolas infinitas, ceguera incomparable; calles de nubes vibrantes y relámpagos en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todas las palabras inmóviles del Tiempo, sólidos peyotes de los vestíbulos, amaneceres en el cementerio del árbol verde, ebriedad del vino en los tejados, puestos municipales el neon estridente luces del tráfico parpadeantes, vibraciones del sol, la luna y los árboles en los bulliciosos crepúsculos de invierno de Brooklyn, estrepitosos tarros de basura y una regia clase de iluminación de la mente.

Quienes se encadenaron a sí mismos a los subterráneos para el viaje infinito desde Battery al santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de las ruedas y niños empujándolos hacia salidas exploradas estremecidas y desiertos golpeados de cerebros absolutamente secos de esplendor en la melancólica luz del Zoo.

Quienes se hundieron toda la noche en la luz submarina de Bickford's emergidos y sentados junto a la añeja cerveza después del mediodía en el desolado Fugazzi's, escuchando el crujido del destino en la caja de música de hidrógeno.

Quienes hablaron setenta horas seguidas desde el parque a la barra a Bellevue al museo al Puente de Brooklyn, batallón perdido de conversadores platónicos bajando de espaldas las escaleras de escape de los alfeizares del Empire State lejos de la luna, gritando incoherencias, vomitando susurrando hechos y recuerdos y anécdotas y patadas en la bola del ojo y traumas de hospitales y cárceles y guerras, intelectos enteros disgregados en amnesia por siete días y noches con ojos brillantes, carne para la Sinagoga arrojada al pavimento.

Quienes se desvanecieron en ninguna parte de Zen New Jersey dejando un reguero de ambiguas postales ilustradas de Atlantic City Hall, sufriendo sudores orientales y artritis Tangerianas y jaquecas de China bajo la basura en las salas sin muebles de Newark.

Quienes dieron vueltas y vueltas en la medianoche por el patio de trenes preguntándose adónde ir, y fueron, sin dejar corazones rotos.

Quienes prendieron cigarrillos en vagones traqueteando por la nieve hacia granjas solitarias en la noche del abuelo.

Quienes estudiaron a Plotino, Poe, San Juan de La Cruz, telepatía y cábala debido a que el cosmos instintivamente vibraba en sus pies en Kansas.

Quienes solos por las calles de Idaho buscaban ángeles indios visionarios que fueran ángeles indios visionarios.

Quienes pensaban que sólo estaban locos cuando Baltimore destellaba en éxtasis sobrenatural.

Quienes saltaron a limusinas con el Chinaman de Oklahoma impulsados por la lluvia de los pequeños pueblos a la luz callejera de la medianoche del invierno.

Quienes haraganeaban hambrientos y solos por Houston buscando jazz o sexo o sopa, y siguieron al brillante español para conversar sobre América y la eternidad, una tarea sin esperanza, y tomaron un barco para África

Quienes desaparecieron en los volcanes de México dejando tras suyo nada excepto la sombra del estiércol y la lava y la ceniza de la poesía quemada en Chicago.

Quienes reaparecieron en la Costa Oeste investigando el F.B.I. en barbas y pantalones cortos con grandes ojos pacifistas atractivos en su oscura piel entregando incomprensibles folletos.

Quienes se quemaron sus brazos con cigarros encendidos protestando contra la bruma narcótica del tabaco del Capitalismo.

Quienes distribuyeron panfletos supercomunistas en Union Square sollozando y desvistiéndose mientras las sirenas de Los Alamos los deprimían, y se deprimía Wall, y el ferry de Staten Islan también se deprimía.

Quienes rompieron a llorar en blancos gimnasios desnudos y temblorosos frente a la maquinaria de otros esqueletos.

Quienes mordieron detectives en el cuello y chillaron con placer en autos policiales por no cometer un crimen salvo su propia pederastia salvaje y su intoxicación.

Quienes aullaron de rodillas en el metro y fueron arrastrados por el techo ondeando sus genitales y manuscritos.

Quienes permitieron ser penetrados por el ano por virtuosos motociclistas, y gritaron con alegría.

Quienes chuparon y fueron chupados por aquellos serafines humanos, los marineros, caricias del amor Atlántico y Caribeño.

Quienes eyacularon en la mañana en la tarde en jardines de rosas y en el pasto de parques públicos y cementerios esparciendo su semen libremente a quienquiera que llegara.

Quienes hiparon sin cesar tratando de reír pero se torcían de llanto detrás de un cubículo de un Baño Turco cuando el ángel rubio y desnudo venía a atravesarlos con una espada.

Quienes perdieron a sus amantes por las tres viejas musarañas del destino, la musaraña tuerta del dólar heterosexual, la musaraña tuerta que hace guiños fuera del útero y la musaraña tuerta que no hace nada sino sentarse en su trasero y corta las hebras doradas intelectuales del vislumbre del artesano.

Quienes copularon extáticos e insaciables con una botella de cerveza, un novio, un paquete de cigarrillos, una vela y se cayeron de la cama, y continuaron en el suelo y por los pasillos y terminaron desmayándose en la pared con una visión del último coño y llegaron a eludir el último atisbo de conciencia.

Quienes endulzaron las conchitas de un millón de chicas temblorosas en el ocaso, y tenían los ojos rojos en la mañana pero preparados para endulzar las conchitas del sol naciente, destellantes traseros bajo los establos y desnudos en el lago.

Quienes iban a putas en Colorado por miríadas en autos robados, N.C., héroe secreto de estos poemas, semental y Adonis del alegre Denver a la memoria de sus innumerables encamadas con chicas en lotes vacíos, patios de bares, hileras de desvencijadas casas rodantes en la cima de montañas, en cavernas o con demacradas meseras en familiares subidas de enaguas al lado del camino y especialmente la secreta estación de gasolina solipsismos de Juan, y callejones pueblerinos también

Quienes se desvanecieron en vastas películas sórdidas, se transformaron en sueños, despertaron en un repentino Manhattan, y se encontraron a sí mismos fuera de los sótanos colgados sobre descorazonados Tokay y los horrores de los sueños de hierro de la Tercera Avenida y tropezaron con las oficinas de desempleo.

Quienes caminaron toda la noche con sus zapatos llenos de sangre en los muelles esperando una puerta en East River para entrar a un cuarto lleno de vapor caliente y opio.

Quienes crearon grandes dramas suicidas en el apartamento de los acantilados del Hudson bajo el rayo azul de la luna de tiempo de guerra y sus cabezas eran coronadas con el laurel del olvido.

Quienes comieron la cazuela de cordero de la imaginación o digirieron cangrejos en el fondo lodoso de los ríos de Bowery.

Quienes lloraron por el romance de las calles con sus carritos llenos de cebollas y mala música.

Quienes se sentaron en cajas respirando en la oscuridad bajo el puente, y se levantaron para construir arpas en sus desvanes.

Quienes tosían en el sexto piso del populoso Harlem con llamas bajo el cielo tuberculoso rodeados por las jaulas naranjas de la teología.

Quienes garrapatearon toda la noche golpeando y rodando sobre elevadas incantaciones que en las amarillas mañanas eran estrofas de jerigonza.

Quienes cocinaron animales podridos pulmones, corazón, pata, cola borsht y tortilla soñando con el puro reino vegetal.

Quienes se zambulleron en camiones de carne buscando un huevo.

Quienes tiraron sus relojes del tejado para dar su voto a la eternidad fuera del Tiempo y despertadores cayeron sobre sus cabezas todos los días por la siguiente década.

Quienes se cortaron las muñecas tres veces seguidas sin éxito, se rindieron y fueron forzados a abrir anticuarios donde pensaban que se ponían viejos y gritaban.

Quienes fueron quemados vivos en sus inocentes trajes de franela en Madison Avenue entre ráfagas de versos plomizos y el parloteo borracho de los regimientos de acero de la moda y los chillidos de nitroglicerina de las agencias de publicidad y el gas mostaza de los editores siniestramente inteligentes, o cayeron por los taxis ebrios de la Absoluta Realidad.

Quienes saltaron del Puente de Brooklyn esto realmente sucedió y quedaron desconocidos y olvidados en el aturdimiento fantasmal de los callejones de sopa y camiones de incendio de Chinatown, ni siquiera una cerveza gratis.

Quienes cantaron por sus ventanas de desesperación, cayeron de la ventana del metro, saltaron en el sucio Passaic, brincaron en negros, gritaron por toda la calle, bailaron descalzos en trozos de copas de vino rotas grabaciones de fonógrafos de la nostalgia Europea jazz alemán de 1930 terminaron el whisky y se lanzaron gemebundos en baños sangrientos, gemidos en sus oídos y la ráfaga colosal del silbido del vapor.

Quienes rodaron por las carreteras del viaje al pasado para cada uno el látigo del Gólgota reloj de la soledad de la cárcel o encarnación del jazz de Birmingham.

Quienes condujeron una visión para encontrar la eternidad.

Quienes viajaron a Denver.

Quienes murieron en Denver.

Quienes volvieron a Denver y esperaron en vano.

Quienes aguardaron en Denver y empollaron solos en Denver y finalmente se fueron para encontrar el Tiempo, y Denver es solitario para sus heroínas.

Quienes cayeron de rodillas en catedrales sin esperanza rezando por la salvación de cada uno y la luz y los pechos, hasta que el alma iluminara su cabello por un segundo.

Quienes chocaron con sus mentes en la cárcel esperando criminales imposibles con cabezas doradas y el encanto de la realidad en sus corazones que cantaban dulces blues a Alcatraz.

Quienes se retiraron a México para cultivar un hábito, o a Rocky Mount para ofrecer Buddha o Tánger a los muchachos al Southern Pacific a la locomotora negra o a Harvard a Narciso a Woodland para la sepultura o daisychain.

Quienes exigieron juicios de cordura acusando a la radio de hipnotismo y fueron dejados con su locura y sus manos y un jurado colgado.

subsecuentemente se presentaron ellos mismos en las baldosas de granito del manicomio con cabezas rapadas y un discurso arlequinesco de suicidio, demandando una lobotomía instantánea, y quienes a su vez se entregaron a la nulidad concreta de la insulina, Metrazol, electricidad, hidroterapia, psicoterapia, terapia ocupacional, ping pong y amnesia.
Quienes en protesta seria dieron vuelta sólo una simbólica mesa de ping pong, descansando brevemente en catatonia, volviendo años después verdaderamente calvos excepto por una peluca de sangre, y lágrimas y dedos, a la visible fatalidad del hombre loco de los pupilos de los pueblos locos del Este, salas fétidas de Pilgrim State's Rockland's y Greystone discutiendo con los ecos del alma, pegando y rodando en la soledad-banca-dolmen-reinos del amor de medianoche, sueños de vida en una pesadilla cuerpos convertidos en roca tan pesados como la luna, con la madre finalmente, y el último libro fantástico arrojado por las ventanas del departamento, y la última puerta cerrada a las 4 A.M. y el último teléfono pegado a la pared sonando y la última pieza amueblada, un papel rosa amarillo torcido en un colgador de alambre en el closet, e incluso eso imaginario, nada sino un poco de esperanzadora alucinación ah, Carl, mientras no estés seguro yo no estoy seguro, y ahora tú estás realmente en la sopa animal total del tiempo y quienes por lo tanto corrieron a través de las calles congeladas obsesionados con un repentino destello de la alquimia del uso de la elipse el catálogo el metro y el plano vibrante.

Quienes soñaron y encarnaron brechas en el Tiempo y Espacio a través de imágenes yuxtapuestas, y atraparon al arcángel del alma entre 2 imágenes visuales y unieron los verbos elementales y establecieron el nombre y rasgos de la conciencia al mismo tiempo saltando con sensación de Pater Omnipotens Aeterna Deus para recrear la sintaxis y medida de la pobre prosa humana y ponerse frente a ti estupefacto e inteligente y sacudirse con vergüenza, rechazando incluso revelar el alma para conformarse al ritmo del pensamiento en su desnuda y eterna cabeza, el vagabundo loco y el golpe del ángel del Tiempo, desconocido, incluso poniendo aquí lo que podría dejar de ser dicho en tiempo de volver después de la muerte, y surgieron reencarnados en los trajes fantasmales del jazz en la sombra del corno dorado de la banda y exhalar el sufrimiento de la mente desnuda de América para amar en un eli eli lamma lamma sabacthani saxofón que llora estremeciendo las ciudades bajo la última radio con el corazón absoluto del poema de la vida descarnada de sus propios cuerpos buenos para comer mil años."

El Hombre del Futuro: Clones


Autora: Silvia Elena Tendlarz

Presentación

La acción de la ciencia modifica la biología y la medicina. La naturaleza no existe ya. En su lugar encontramos los objetos creados por la ciencia: no hay nada natural en nuestro encuentro con los objetos que existen en el mundo.
El desciframiento del genoma humano forma parte de nuestra contemporaneidad. Se espera que la cartografía genética amplíe la acción de la medicina preventiva y de las terapias genéticas antes de la implantación del embrión. El gen defectuoso o portador de una enfermedad grave podría ser reemplazado por un gen sano obtenido a través de manipulaciones de laboratorio que clonarían los genes que deberían ser introducidos en el organismo del enfermo.
Estos tratamientos se utilizan experimentalmente en los niños que nacen sin defensas inmunitarias por la ausencia del gen ADA y también con las células de la médula espinal.
Hace poco tiempo se obtuvo un nuevo uso de la medicina genética. El 4 de octubre el diario La Nación de Buenos Aires anunció un tratamiento inédito. Para salvar a su hija mayor de 6 años víctima de una enfermedad genética que causa el deterioro de la médula ósea y una muerte segura, una pareja decidió concebir un bebé utilizando técnicas de fertilización in vitro que fuera una donante compatible, y poder así utilizar las células del cordón umbilical. Entre 15 embriones se seleccionó uno que cumplía con este requisito y que no padecía la enfermedad de su hermana.
La selección de embriones abre un debate ético dado que todo lo relativo a la manipulación genética actualiza el fantasma de eugenismo y los efectos segregativos consecutivos.
Idea clave 1El dilema ético, en realidad, no se plantea en relación con el avance de la ciencia sino en cuanto a su uso. En ese progreso, ¿cuáles son los límites?


La ciencia y sus efectos de segregación

La ciencia no añade necesariamente por sí sola efectos de segregación: depende de su uso a través de las ideologías de los aparatos estatales. En las distintas edades del desarrollo de la humanidad se produjeron efectos segregativos; real constante contra al cual hay que luchar insistentemente.
Idea clave 2Aún cuando se conozca el potencial genético, la biología no es el destino: a su até biológico se opone la insistencia del deseo que escapa a toda prevención. No se puede anticipar una vida sobre la base genética.
La ciencia es parte de nuestra contemporaneidad. Vivimos en la era de la ciencia. En cuanto a la procreación, se habla de una "revolución biológica", de una "revolución procreativa", de la "era de los clones o generación clon", por las nuevas posibilidades que brinda la ciencia en materia de reproducción. Pero la asistencia médica a la procreación humana no debe confundirse con la manipulación genética.
Estas nuevas "realidades" son correlativas a una época de declive social de la figura paterna señalado por Lacan. El comienzo del siglo XX, y sobre todo el siglo XIX, se caracterizó por fuertes ideales que no funcionan en este milenio de la misma manera. La figura del padre como autoridad que ordena la estructura familiar, el discurso, los lazos sociales, ha caído y en su lugar aparecen otras estructuraciones familiares y sociales.
En el lugar de esa figura paterna aparecen -indicado por J.-A. Miller y E. Laurent- los derechos del hombre: instrumentos simbólicos que intentan coordinar las relaciones entre las personas. La importancia del lazo social suple la inexistencia del Otro.
No hay un lugar de garantía social que diga cómo deben ser las cosas. En la naturaleza de las cosas se esperaba que el mundo se ordenara de determinada manera; la acción de la ciencia introduce nuevos objetos, y junto a ellos, la necesidad de instrumentar reglas de asociación entre los individuos.
Emergen así las comisiones de bioética para evitar que la gestión técnico-científica del viviente se sustituya a una legislación acorde a nuestra época. A través de estas comisiones se trata de establecer lazos sociales, leyes que respondan a los principios de los "derechos humanos" correlativos a un Estado de derecho.
En esta oportunidad nos centraremos en el examen de algunas de las consideraciones actuales acerca de la clonación.

Un mundo de clones

La palabra clon viene del griego klon (brote), que designa a un grupo de individuos genéticamente parecidos provenientes de un organismo único, por reproducción asexuada. En el mundo viviente existen los clones naturales y artificiales. En realidad, vivimos ya en un mundo ampliamente ocupado por clones.
De cada bacteria se desprenden, con cada división, bacterias idénticas a la original, que a su vez se dividen en dos, y así sucesivamente. Sucede lo mismo con las plantas que se reproducen por estacas y son capaces de reconstituir un clon genéticamente idéntico. Las copias clónicas son como las de una grabación en un casette: el sonido no es necesariamente tan bueno como el original. Se pueden observar numerosas mutaciones genéticas, a veces ínfimas, en las células clonadas. Este riesgo aumenta cuando las células clonadas están más diferenciadas.
Este fenómeno también puede aplicarse en animales. En los años 50 del siglo pasado, los estadounidenses Robert Briggs y Thomas King disociaron las células de un embrión en estado de mórula, luego de lo cual les extrajeron el núcleo y lo transfirieron a óvulos receptores desprovistos de núcleo, provenientes de otro anfibio. Los óvulos manipulados evolucionaron normalmente hasta llegar a ser rana.
En mamíferos el método de clonación es mucho más complejo: cada célula embrionaria es fusionada con el citoplasma de un óvulo, madurado in vitro y desprovisto de su núcleo. Luego es implantado en una madre sustituta para su gestación.
En el caso Dolly, las células no eran embrionarias sino diferenciadas, extraídas de la glándula mamaria de una oveja de raza Finn Dorset de 6 años de edad. Dolly no nace de una fecundación. Este acontecimiento, que tuvo lugar el 5 de julio de 1996 y fue anunciado el 23 de febrero de 1997 en la revista británica Nature, revolucionó al mundo. Wilmut y Keith Campbell -del Roslin Institute en Escocia- son los "padres científicos" de este animal.
A partir de allí, los nacimientos se sucedieron. En 1998, Dolly, a su vez, fue madre normalmente de una oveja que nació sin ningún tipo de mutación o malformación.
Polly es una oveja creada en el mismo centro escocés en colaboración con una empresa farmacéutica. Este animal fue modificado genéticamente y tiene un gen humano, para producir una proteína humana en su leche: sustancia que podría ayudar a combatir enfermedades como la hemofilia o la osteoporosis. Jefferson es un ternero que nació en febrero de 1998 con la misma técnica de Dolly pero a partir de una célula fetal. Se planea utilizarlo para la creación de "ganado transgénico" capaz de producir leche para el tratamiento de enfermedades humanas. La firma que inventó a la oveja Dolly clonaron cerdos en marzo de 2000 para ser utilizados en trasplantes. Xena es la primer cerdita clonada.
La clonación causó gran conmoción en la opinión pública cuando el físico Richard Seed anunció a comienzos de 1998 su intención de comenzar los primeros ensayos de clonación humana en una clínica de Chicago, destinados a ayudar a parejas con problemas de fertilidad. De hecho, investigadores coreanos de la Universidad Kyumgee afirmaron que lograron clonar ese año a un humano, pero que el experimento fue interrumpido cuando el embrión estaba formado por cuatro células. Al año siguiente, la empresa Advanced Cell Technolochy anuncia un experimento análogo interrumpido a los 12 días por motivos éticos. Luego científicos chinos clonaron once embriones humanos más. El último resultado en clonación fue el nacimiento de Tetra, el primer simio clonado utilizándose la técnica de división del embrión.
En agosto de este año el gobierno británico aprobó la clonación de embriones humanos exclusivamente con fines de investigación médica para producir tejidos y órganos para trasplantes que no produzcan rechazo. Esta nueva tecnología por el momento no fue autorizada para la reproducción de seres humanos.

Las reservas clónicas

La posible clonación guarda dos perspectivas: como salida a problemas relativos a la fertilización, es decir, como medio procreativo; y como "solución" médica a la falta de órganos en el mercado. Una enfatiza la imagen idéntica, la otra el desmembramiento corporal.
Idea clave 3En nuestra contemporaneidad aparecen producciones culturales que dan cuenta de los miedos y de las ficciones que se construyen en torno a estas cuestiones.
La novela "Un mundo feliz" de Aldous Huxley -cuya sociedad se divide en seres clonados de distinta categoría (se enfatiza así la discriminación)-, y "Los niños del Brasil" -un científico nazi escondido en ese país creaba toda una generación de réplicas clónicas de Adolf Hitler a partir de las células que había conservado de él- se han vuelto las referencias constantes relativas a esta cuestión. En 1998 fue publicada la novela "Las partículas elementales" que se aproxima aún más a los fantasmas actuales.
Luego de un recorrido que ilustra los efectos de derrumbe amoroso y vincular que produjo la liberación sexual del siglo pasado, culmina en años muy próximos a los actuales en la que surge, a través de la clonación, una nueva especie asexuada y racional, que elimina la sexualidad como modo de reproducción pero no el placer sexual repartido en otras zonas diferentes a la de los genitales suprimidos.
En el 2029 se crea el primer ser de la nueva especie, y cincuenta años después quedan pocos humanos de la antigua raza que con resignación aceptan su desaparición. El hombre del futuro se vuelve así un ser perfecto que humorísticamente puede llamarse a sí mismo un dios.
El film "Gattaca" ilustra la desconfianza que despierta el diagnóstico pre-implantatorio. Al nacer, al protagonista se le diagnostica un 99% de posibilidades de morir de un trastorno cardíaco a los treinta años. Esta predicción lo petrifica entre los "no válidos": se le impide estudiar y obtener el trabajo de volar al espacio. Los exámenes funcionan también como tarjeta de identidad; una pequeña muestra de sangre, de saliva, o un cabello alcanzan para determinar la identidad de un sujeto.
La trama de la película responde a un temor actual: que el hombre se vuelva un "ser transparente" desde el punto biológico y que se introduzcan nuevas formas de discriminación. No obstante, el film transmite que la biología no es el destino, y el deseo del protagonista logra sobrellevar los impedimentos del control del estado que lo circunscribe a una tarea determinada.
Otra novela de actualidad es "Clones": explica cómo se construyen gemelos clónicos que funcionan como "recambios clónicos" de órganos para paliar las enfermedades del modelo original. Les van sacando pedacitos como si fueran una sumatoria de órganos. La perspectiva de un clon como "reserva de órganos" es ampliamente criticada por la comunidad internacional.
Lacan señaló ya en 1967: "La cuestión está en saber si, por el hecho de la ignorancia en la cual es mantenido ese cuerpo por el sujeto de la ciencia, habrá derecho luego a, ese cuerpo, hacerlo pedazos para el intercambio". El recorte del cuerpo en trozos y la circulación de los órganos en nombre del liberalismo en el mercado de consumo es anticipado así por Lacan en los años 60.
Idea clave 4Hay que distinguir así el trasplante de órganos que se produce por donación, sin fines de lucro, aceptado por los comités de ética internacionales, de la producción intencional de un organismo considerado exclusivamente como un "stock de órganos".
La “circulación de órganos” es un hecho de actualidad que no siempre está regulado por establecimientos autorizados sino que incluye la venta, el rapto o el asesinato. La clonación de órganos es un aspecto de un problema más amplio de nuestro tiempo. Las técnicas médicas avanzan pero no disponen de los órganos para los trasplantes. Surgen así dilemas éticos y la necesariedad de legislaciones que ordenen estos intercambios para evitar los excesos.

La copia y el original

Una ficción popular es que reproducirse por clonación permitiría mantener la propia identidad. Esta ilusión fascina y aterroriza. En realidad, el clon nunca podría ser igual al original. Los distintos estudios sobre el tema retoman personajes históricos para demostrar que no es posible que la "copia" sea igual al "original", puesto que las circunstancias históricas y sociales del original son otras.
Idea clave 5El punto central es que un sujeto no es un conjunto de genes, aquél que será no depende de su arsenal genético, sino que tiene que ver con su posición e inclusión en lo simbólico y la manera en que actúan sobre él los azares de la vida. En realidad, la clonación es un síntoma contemporáneo que traduce la pasión por la identidad.
La batalla mediática en torno a la clonación y sus repercusiones sociales son descriptas por Gina Kolata, periodista del The New York Times, en su libro "Clone", y muestran las distintas posiciones ideológicas que determinan su aceptación o rechazo.
Si bien la mayoría de las legislaciones mundiales se pronunciaron en un primer momento en contra de la clonación humana y la experimentación con los embriones, la perspectiva del uso comercial y de su impacto en el mercado, produce el temor de quedar rezagados frente a la investigación de los países que no objetan la experimentación. Se construye así un nuevo Juno: una cara muestra a la opinión pública su repulsión; la otra, impulsa, a hurtadillas, la investigación.
Lacan señaló que la ciencia se desarrolla olvidándose del sujeto: poco le importa su bienestar. El saber científico avanza, como una producción autónoma, desentendiéndose del sujeto que sostiene esa elaboración. Sin excluirse del mercado de los bienes, la ciencia no se ocupa de las consecuencias de su progreso.
Lacan denominó "desencadenamiento de la ciencia" a la voluntad de saber del científico que produce la modificación de las realidades perceptibles, lo que indica el sesgo anti-empírico de la cuestión, y añade al mundo objetos desconocidos hasta entonces.
Su progreso actúa en nuestra contemporaneidad e introduce nuevas posibilidades relativas a la procreación y la reserva de órganos que quedan necesariamente gestionadas por el discurso amo. Entre el deseo particular y el universal ofrecido por la legislación estatal se produce necesariamente una tensión. El exceso no se sitúa necesariamente del lado de la ciencia sino de su uso y de la ideología que orienta su progreso.
La ciencia propone constantemente algo más: empuje a la búsqueda que se desentiende de los efectos subjetivos. La legislación limita su uso quedando siempre un poco en retraso en relación a los novedades científicas.

Conclusión

Las ficciones de identidad contemporáneas, reducción de la verdad a la biología y a la cartografía genética, proliferación de mitos clónicos- resultan a su vez insuficientes-. Más allá, se desliza un sujeto que palpita, con deseos que le son propios, a veces inalcanzables.
Idea clave 6El sueño del hombre perfecto no es más que un sueño. Así sea por reproducción natural, asistida o clonada, que incluya o no la perfección añorada a través de la manipulación genética, el ser que viene al mundo es un sujeto que no podrá nunca ser gestionado en sus deseos y pasiones de antemano.
Afirmarlo es reducirlo a un conjunto de órganos y a un código genético desentendiéndose que lo que lo hace verdaderamente humano es su ser en el mundo, la acción de lo simbólico, y en definitiva, su posición frente a la castración. La perfección es otro mito de completud que elide la falta, y al hacerlo, paradójicamente despoja al hombre de sus sueños.